¡Ole, feliz Utrera!
Que a mí me gusta el cante flamenco,
ni permito una discusión
ni consiento que se dude.
Que las letras del cante flamenco
dicen verdaderas sentencias,
soy un convencido.
Pero como lo cortés,
no quita lo valiente.
Hay que reconocer también
que algunas letras flamencas se las traen.
Por ejemplo, esa que dice,
Anda diciendo tu madre
que yo a ti te entretenía,
y yo te tengo a apuntar en
el libro de los míos.
Esa luego tiene razón la madre,
¿no? Si la tienes a apuntar en una libreta,
es porque la conociste,
y después de darle palique
le pegaste puerta.
Esto demuestra que
la estuviste entreteniendo.
Entonces,
¿a qué viene ahora poner verde a la madre
cuando tiene más razón que un santo?
Otra, por ejemplo.
Me estoy mu riendo de pena
y no me atrevo a llorar,
no sea que se repita el diluvio universal.
Toma, Castaña,
para que luego digan
que no somos exagerados.
Nada menos que
el diluvio universal.
Si fue germía y no llenaría una botella,
calcula usted.
Y esta otra.
A tu puerta hemos llegado
cuatrocientos encuadrillas.
Si quieres que te cantemos,
saca cuatrocientas sillas.
¿Qué? ¿Hay gracia o
no hay gracia?
Cuatrocientas sillas.
Este ha tomado a la muchacha
por un cine de verano.
Y aunque tuviera las cuatrocientas sillas,
no es más natural, por delicadeza,
que entraran esos cuatrocientos tíos
y que a uno cogiera la suya.
Pues no.
Si quieres que te cantemos,
saca cuatrocientas sillas.
Yo calculo que esa criaturita
tarda en sacar las cuatrocientas
sillas
dos horas y media,
y luego cuando terminen de cantar,
métela para adentro.
¡Ea! A ver si eso merece la pena.
Bueno,
y esta letra que yo no acabo de entender.
Me sacaron de aquel calabozo,
me llevaron a un olivar,
me pegaron cuatro tiros,
me acabaron de matar.
Pero bueno, si te acabaron de matar,
¿cómo es que estás cantando?
¿Y de esta letra qué me dice usted?
Vente conmigo a Pamplona,
que en la mitad del camino
quiero hablar con tu persona.
¡Ea! Y tiene que ser a Pamplona,
que hay más de mil kilómetros.
O sea, que como dice
que quiere hablarle
a mitad del camino,
la muchacha se tiene que recorrer
500 kilómetros, poco más o menos,
para que el otro le diga lo que sea.
Con lo fácil que es decirle,
mira Manolita,
tengo que hablar contigo
antes de irme a Pamplona.
Arréglate que vamos a echar un
paseíto
hasta Castilleja de la Cuesta
y allá está. Y la ahorra esa paliza
a la muchacha.