Fuiste como una extraña flor entre la piedra negra
de esa montaña a la que fui ascendiendo,
tapizada de miles de flores muy silvestres en la parte más baja,
al ir subiendo, la montaña se hizo árida,
el verde de la base se fue ennegreciendo,
las florecillas se fueron esfumando y
la belleza fue desapareciendo.
En las alturas la soledad es intangible, solamente silencio,
ruido ensordecedor, miles de almas,
como frío portátil y ausencia de la flor.
Pero te vi, estabas allí, sola,
la piedra desnuda y solitaria
Y con tu aroma a la esperanza recibí
Esa extraña flora y me punzaste las entrañas,
me postré frente a ti como se hace ante
De bruces en cruz mis brazos abiertos, y te vi,
te vi y agradecí que estuvieras allí,
Pues comprobé que aún no estaba muerto,
Estabas allí, altiva e imponente,
del pequeño principito, ¿te acuerdas?
que sabemos jamás tuvo la misma suerte.